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| Mariano Rajoy acosado por la corrupción en el PP |
Nos han dicho que para ellos ha sido una verdadera semana de dolor, que lo han pasado mal y que están sufriendo una agonía. Nos lo ha dicho todo un señor ministro refiriéndose al sentimiento de aflicción que asiste estos días al presidente del gobierno. Lo dice uno de ellos para justificarse y parecer así más cercanos a nosotros, al dolor del resto de los mortales. Ellos son así: han manipulado tanto la realidad y han pervertido tanto el lenguaje que en sus bocas expresiones como “pasarlo mal” o “estar sufriendo” pierden su verdadero valor y adquieren otros significados. Porque, con perdón: ¿Qué coño sabrán ellos qué es eso de “pasarlo mal”?
De lo que si saben, y
mucho, es de hacer sufrir. De eso sí. Conocen de primera mano, aunque no en
primera persona, los motivos que llevan a miles de españoles a pasarlo
realmente mal. Muy mal. Tan mal que por lo que dicen las encuestas, también las oficiales del CIS, son cada vez más quienes han decidido darles la espalda. Hartos
les tienen, nos tienen. Hartos de participar en mareas ciudadanas para defender
el estado del bienestar que pretenden desmantelar, hartos de combatir en la
calle la contrarreforma laboral que nos ha empobrecido, hartos de denunciar leyes
restrictivas que conculcan derechos elementales, hartos de tanto rescate a esa
banca que no rescata a quienes duermen en los otros bancos ó en sus propios
cajeros, etc. Hartos, en definitiva, de quienes les han llevado al hartazgo.
Y, de perdidos, al río… al
río de Podemos. Lo demostraron en las últimas elecciones europeas: Han decidido
dar menos botes en la calle y más votos en las urnas. Unos los hacen desde la más
acuciante necesidad para intentar salvarse con unas recetas que reconocen
difíciles de cocinar, sí, pero les da igual: no tienen mucho más que perder y
cada vez tienen menos que comer. Otros se mueven por la rabia y la decepción, quieren
hundir con su voto a quienes les hundieron en la frustración y el desencanto
tras contemplar el ir y venir del péndulo bipartidista. Todos ellos lo hacen
asqueados por una corrupción sistémica, insaciable, que salpica a todas las
instituciones del Estado y que las ensucia a todas ellas por igual; desde la CEOE
a los sindicatos pasando por la Corona. Todos ellos engordaron la indignación
de la que nació Podemos.
Una realidad que preocupa
por igual en la Moncloa y en la sede de Ferraz, también en la calle Génova
donde –además- preocupa que se llegue a saber quien pagó la reforma y con qué
sobre se pagó. Una realidad que tiene en los dos grandes partidos del péndulo sus
máximos responsables: Ambos consintieron, albergaron, y se beneficiaron de unas
prácticas de las que hoy se escandalizan, seguro, pero que no combatieron en sus
propias filas hasta que la justicia no las puso en los sumarios. Es revelador
que pese a las múltiples ocasiones que han tenido nunca un partido pillase ni a
uno sólo de sus sinvergüenzas, que han sido muchos, para llevarlo ante la
justicia. Como mínimo son merecedores de la ‘culpa in viglinado’, por no controlar a los chorizos que pusieron
al cuidado de la despensa. Tampoco asumen la condena por la ‘culpa in eligendo’ de la que son
responsables por la desacertada elección de aquellos en los que confiaron. Un
doble error que nos ha salido muy caro, doblemente caro, por los euros que
robaron y por el coste social del desprestigio que han arrojado sobre la
democracia y las instituciones. Por no hablar de la ‘marca España’, esa con la
que tanto se llenan la boca, y se adornan las muñecas en forma de cintitas, muchos
de los que la ensucian.
Ambas culpas no pueden sustanciarse con la petición del perdón. El perdón pertenece al ámbito de las
relaciones personales y lo puede conceder sólo aquel que se ha sentido ofendido
o defraudado. En política el ciudadano ejerce su libertad de perdonar ó no con
el voto, pero el político debe asumir su responsabilidad en el momento en que
le es reclamada por la sociedad. Si Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy
se reconocen responsables de la corrupción que ha crecido en el PP bajo sus
mandatos deben pedir menos perdón y dimitir un poco más. Otra cosa es -como ha
pasado hasta ahora en la Comunidad Valenciana-, que después el ciudadano olvide
y perdone al ser convocado de nuevo a las urnas. Ese es otro problema. Pero al
menos habrán cumplido la penitencia para lograr, entonces sí, el perdón de los
pecados… aunque permanezca la duda sobre el propósito de enmienda.
Mientras tanto la
ciudadanía, cada vez más parte de ella, no perdona… ni tampoco olvida.

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