lunes, 3 de noviembre de 2014

Ni perdón ni olvido



Mariano Rajoy acosado por la corrupción en el PP



Nos han dicho que para ellos ha sido una verdadera semana de dolor, que lo han pasado mal y que están sufriendo una agonía. Nos lo ha dicho todo un señor ministro refiriéndose al sentimiento de aflicción que asiste estos días al presidente del gobierno. Lo dice uno de ellos para justificarse y parecer así más cercanos a nosotros, al dolor del resto de los mortales. Ellos son así: han manipulado tanto la realidad y han pervertido tanto el lenguaje que en sus bocas expresiones como “pasarlo mal” o “estar sufriendo” pierden su verdadero valor y adquieren otros significados. Porque, con perdón: ¿Qué coño sabrán ellos qué es eso de “pasarlo mal”?
De lo que si saben, y mucho, es de hacer sufrir. De eso sí. Conocen de primera mano, aunque no en primera persona, los motivos que llevan a miles de españoles a pasarlo realmente mal. Muy mal. Tan mal que por lo que dicen las encuestas, también las oficiales del CIS, son cada vez más quienes han decidido darles la espalda. Hartos les tienen, nos tienen. Hartos de participar en mareas ciudadanas para defender el estado del bienestar que pretenden desmantelar, hartos de combatir en la calle la contrarreforma laboral que nos ha empobrecido, hartos de denunciar leyes restrictivas que conculcan derechos elementales, hartos de tanto rescate a esa banca que no rescata a quienes duermen en los otros bancos ó en sus propios cajeros, etc. Hartos, en definitiva, de quienes les han llevado al hartazgo.
Y, de perdidos, al río… al río de Podemos. Lo demostraron en las últimas elecciones europeas: Han decidido dar menos botes en la calle y más votos en las urnas. Unos los hacen desde la más acuciante necesidad para intentar salvarse con unas recetas que reconocen difíciles de cocinar, sí, pero les da igual: no tienen mucho más que perder y cada vez tienen menos que comer. Otros se mueven por la rabia y la decepción, quieren hundir con su voto a quienes les hundieron en la frustración y el desencanto tras contemplar el ir y venir del péndulo bipartidista. Todos ellos lo hacen asqueados por una corrupción sistémica, insaciable, que salpica a todas las instituciones del Estado y que las ensucia a todas ellas por igual; desde la CEOE a los sindicatos pasando por la Corona. Todos ellos engordaron la indignación de la que nació Podemos.
Una realidad que preocupa por igual en la Moncloa y en la sede de Ferraz, también en la calle Génova donde –además- preocupa que se llegue a saber quien pagó la reforma y con qué sobre se pagó. Una realidad que tiene en los dos grandes partidos del péndulo sus máximos responsables: Ambos consintieron, albergaron, y se beneficiaron de unas prácticas de las que hoy se escandalizan, seguro, pero que no combatieron en sus propias filas hasta que la justicia no las puso en los sumarios. Es revelador que pese a las múltiples ocasiones que han tenido nunca un partido pillase ni a uno sólo de sus sinvergüenzas, que han sido muchos, para llevarlo ante la justicia. Como mínimo son merecedores de la ‘culpa in viglinado’, por no controlar a los chorizos que pusieron al cuidado de la despensa. Tampoco asumen la condena por la ‘culpa in eligendo’ de la que son responsables por la desacertada elección de aquellos en los que confiaron. Un doble error que nos ha salido muy caro, doblemente caro, por los euros que robaron y por el coste social del desprestigio que han arrojado sobre la democracia y las instituciones. Por no hablar de la ‘marca España’, esa con la que tanto se llenan la boca, y se adornan las muñecas en forma de cintitas, muchos de los que la ensucian.
Ambas culpas no pueden sustanciarse con la petición del perdón. El perdón pertenece al ámbito de las relaciones personales y lo puede conceder sólo aquel que se ha sentido ofendido o defraudado. En política el ciudadano ejerce su libertad de perdonar ó no con el voto, pero el político debe asumir su responsabilidad en el momento en que le es reclamada por la sociedad. Si Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy se reconocen responsables de la corrupción que ha crecido en el PP bajo sus mandatos deben pedir menos perdón y dimitir un poco más. Otra cosa es -como ha pasado hasta ahora en la Comunidad Valenciana-, que después el ciudadano olvide y perdone al ser convocado de nuevo a las urnas. Ese es otro problema. Pero al menos habrán cumplido la penitencia para lograr, entonces sí, el perdón de los pecados… aunque permanezca la duda sobre el propósito de enmienda.

Mientras tanto la ciudadanía, cada vez más parte de ella, no perdona… ni tampoco olvida.


Publicat al 'Levante de Castelló'. 1 de Novembre de 2014

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