La última se la habíamos
escuchado al todavía consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Javier
Rodríguez. Pidieron su dimisión por la chapucera gestión en los primeros días de la crisis del ébola,
y por sus acusaciones contra la auxiliar de enfermería Teresa Romero, y él,
para explicar su escaso apego al cargo sacó pecho: "Yo llegué a la política bien comido”. Pues eso, así de chulo.
La suya es una forma cómo
otra cualquiera de acceder a la política y a los cargos que conlleva su
práctica. Y en democracia creíamos haberlas visto casi todas. Por ejemplo en la
presidencia de la Generalitat Valenciana: A la mayoría absoluta de Joan Lerma,
que se fue diluyendo hasta la derrota final, le siguió el ‘pacte del pollastre’ PP-UV que encumbró a Eduardo Zaplana.
Después la herencia pasó a José Luis Olivas quien sólo renunció a
ella a cambio de la presidencia de Bancaixa. Su bien pactado y mejor pagado
adiós posibilitó la llegada de un Francisco Camps victorioso en las
urnas al que no apartó del cargo su megalómana y nefasta gestión, sino la
vergüenza de sentarse en un banquillo de los acusados del que se levantó absuelto
por la ley pero condenado por su partido y la sociedad. Y fue así que el dedazo
de Mariano Rajoy invistió a Alberto Fabra; curiosamente la
misma vía, aunque distinto, dedo que le llevó a la alcaldía de Castelló. Cinco
presidentes y cada uno llegó a su manera: Todas legales, pero no igual de morales.
Tampoco llegaron igual de comidos, pero, sobre todo, no salieron con el ‘estómago’
igual de lleno. Pero bueno, esa es otra historia…
En el resto de España encontramos
más modalidades de acceso al poder. Unas más ‘ejemplares’ que otras, cierto, pero
igualmente efectivas: Desde el ‘tamayazo’
que propició el ascenso de Esperanza Aguirre al cielo de la presidencia
de la Comunidad de Madrid, al tripartito del ‘Pacte del Tinell’ que abrió las puertas de la Generalitat de
Catalunya a Pasqual Maragall y a José Montilla. En Extremadura al
PP le bastó con la abstención cómplice de Izquierda Unida para que José
Antonio Monago acabara con décadas de gobiernos socialistas, justo lo
contrario que hace IU en Andalucía donde propicia y participa en el gobierno de
Susana Díaz. En Aragón, el PAR sirve igual para un roto, gobernar con el
PSOE de Marcelino Iglesias, que para un descosido: Hacerlo sólo cuatro
años después con el PP de Luisa Fernanda Rudí, etc, etc… Los ejemplos
son interminables.
Lo creíamos haber visto
todo, pero ahí está la política valenciana para sorprendernos de vez en cuando
y cada vez más. La última esta misma semana en las Cortes Valencianas con la
toma de posesión del nuevo diputado popular Felipe del Baño. Con él
queda demostrado que los hay que además de bien comidos llegan ya bien
imputados a la política y a las instituciones. Resulta ridículo: Juan Cotino
deja el escaño presionado por los escándalos que se suceden en su entorno
político-familiar sin estar aún imputado y le sustituye un compañero de partido
sobre el que no cabe ni la presunción ni las medias tintas: Felipe del Baño
está formalmente imputado en un juzgado de Paterna como autor de un posible delito
de prevaricación administrativa. Situación que le obliga a dejar el acta de
concejal, pero que no le impide ser diputado. Justo lo contrario de Francisco
Martínez que no puede ser diputado provincial, pero sí alcalde de Vall
d’Alba.
La línea roja de Fabra es
así de flexible: tapa a un prevaricador del mismo modo que alberga a una
diputada procesada por dejar sorda a una vecina tras zanjar a golpes sus discrepancias.
Liarse a mamporros es cosa menor que no descalifica a quien practica semejante
dialéctica. Lo dijo, con muy poca gracia por cierto, el president Fabra: “Una galleta no es causa para dejar de ir en
las listas..” Ahora sabemos que prevaricar tampoco lo es para sentarse en les
Corts. A no ser que el problema esté precisamente ahí, en las listas. Porque alguien
ha de entrar y el siguiente en la lista, el alcalde de Enguera Santiago
Arévalo, también está imputado por prevaricación.
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| Amparo Marco ganó las primarias del PSPV local |
Semejante sucesión de comidos,
imputados y demás fauna pone en valor otras fórmulas más ejemplarizantes de acceso
a los cargos institucionales y orgánicos. Por ejemplo, las elecciones primarias.
Un proceso que el PSPV debe cerrar cuanto antes para que no llegue más sangre
al río. La elección de Amparo Marco como candidata a la alcaldía de
Castelló ha partido en dos la agrupación local de la capital: 21 votos de
diferencia son pocos, pero dan toda la legitimidad. Marco ha sido designada por
sus compañeros para confeccionar un equipo y presentar batalla por la alcaldía.
Su próximo examen será en las urnas y el conjunto de militantes –quienes la
votaron y los que no- sólo tienen una salida que no puede ser la de dar un paso
atrás. Al contrario: Arrimar el hombro cada uno desde su responsabilidad. Unos,
los vencedores, con generosidad y los otros, los perdedores, con lealtad. Porque a la política de partido, de proyecto en común, también se puede llegar comido... pero sobre todo hay que llegar (y permanecer) comprometido.
Publicat al 'Levante de Castelló'. 25 d'octubre de 2014
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