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| Antonio Montiel, Ximo Puig y Mónica Oltra |
Pasaron las elecciones y
pasó un tsunami que desaloja al PP de las alcaldías en los principales ayuntamientos
de la Comunidad y en la presidencia de la Generalitat. Un tsunami que no sólo
se llevó por delante el presente y el futuro político de los Alberto Fabra,
Alfonso Bataller o Rita
Barberá, por citar sólo a los más significativos, aunque son muchos
más. Con ser eso trascendente, que lo es, hay otra consecuencia más relevante
del resultado electoral. El voto de los valencianos acaba también con un
estigma que hasta el domingo castigaba la imagen y la credibilidad de esta
tierra: Ya no es cierto el mantra ese
de que la corrupción y la indecencia salen gratis. Esta vez los electores sí
que han penalizado unos comportamientos y unas fechorías que descalifican
moralmente a quien las practican y también a quienes las ignoran y/o las consienten
refrendándolas una y otra vez con su voto. Se acabó, por fin, la impunidad esa de
la que tanto se vanagloriaba Carlos Fabra cuando, elección tras elección,
recordaba que los ciudadanos habían dictado sentencia en las urnas… y le habían
absuelto.
Esta vez no: el castigo al
PP ha sido un voto inequívoco contra la corrupción del cuenta
billetes de Alfonso Rus, la soberbia de Juan Cotino, el
descaro de Sonia Castedo, o las cacerías de
Serafín Castellanos, por ejemplo. Por su parte la constante
pérdida de apoyos del PSPV responde a la penitencia por los pecados que arrastra la
marca PSOE: un pasado reciente de sumisión a los intereses del capital
financiero y un presente que sigue produciendo estupor por sus cuitas internas y con cada nueva revelación sobre el escándalo de los ERE y los
cursos de formación en Andalucía. En ese río revuelto han
pescado los partidos hasta el domingo emergentes y hoy ya felizmente emergidos.
Ciudadanos y Podemos han sangrado a votos al PP por la derecha y al PSOE por la
izquierda. A la otra izquierda, IU, la habían dinamitado antes de votar y la
onda expansiva se lleva por delante a un puñado de políticos; entre ellos Ignacio Blanco, uno de los referentes de la lucha contra
la corrupción en la pasada legislatura en les Corts.
Compromís es el otro gran triunfador de
las elecciones: desalojar a Rita Barberá y recuperar para la izquierda el
ayuntamiento del Cap i Casal en la persona de Joan Ribó es todo un
símbolo de un nuevo tiempo en la política valenciana. Nada será igual sin Rita…
afortunadamente. Un éxito que les lleva a apuntar todavía más alto. Mónica
Oltra se postula para liderar el cambio y quiere ser presidenta de la
Generalitat pese a ser la tercera fuerza política por detrás de PP y PSOE. Una
presidencia a la que también aspira el candidato socialista Ximo Puig.
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| Fabra y Rita en la noche electoral |
Los argumentos que esgrime
Compromís pueden ser válidos en las tertulias periodísticas y en el acalorado
debate entre militantes que estos días ha encendido las redes sociales, pero
son inconsistentes para aportarlos en la negociación política. Sencillamente porque
todos los votos valen lo mismo y el PSOE suma más apoyos. Pueden parecer muchos o
pocos más, pero son más. Y no hay
otro baremo posible porque medir el valor del voto en función del partido o del líder al
que se le otorga es un ejercicio muy peligroso. Oltra
está en su derecho de querer ser presidenta, por supuesto; pero no puede pretenderlo en función de su
mayor audiencia mediática y no por sus votos. Y aunque Mónica Oltra sea la política mejor valorada en las encuestas, que lo es, no es la más votada en las urnas. El único share que vale es el recuento electoral. Ahí gano el PP, pero si Fabra
no tiene los apoyos suficientes debe ser el bloque de izquierdas quien gobierne
en función de la correlación de fuerzas que dejó la voluntad de los electores.
Eso dicta la razón aunque Pablo Iglesias, que no siempre tiene la razón, dicte otras consignas.
Puig apostó desde el minuto
uno por un pacto de progreso con Compromís, es su primera opción. Si no quieren
pactar con él estará legitimado para buscar otros apoyos siempre que respete el
programa con el que se presentó a las elecciones, ese es el único contrato que firmó
con sus votantes y que no puede incumplir. Todo está pendiente de un acuerdo que
deberá llegar sí o sí. La izquierda valenciana afronta un reto histórico y los
ciudadanos les pasarán factura si son incapaces de conformar un gobierno de
progreso que saque a esta tierra de la emergencia social en la que está sumida
tras veinte años de gobiernos de la derecha.
Más allá del futuro de
cada partido, y de sus líderes, lo que importa es el futuro de los valencianos.
Las cifras que conocimos el 26-M, sólo dos días después de las elecciones, son
más trascendentes que el recuento electoral. Se refieren a la Encuesta de
Condiciones de Vida que publica el INE y recuerdo algunas: Más del 26 por cien
de los valencianos, 1.311.000 personas, viven por debajo del umbral de la
pobreza; el 77’5 por cien, casi 8 de cada diez habitantes, tienen dificultades
para llegar a fin de mes; casi la
mitad de los valencianos, el 47’9 por cien, no tienen capacidad para afrontar
gastos imprevistos, etc... Por no hablar de exclusión social o de malnutrición
infantil, esos parámetros que hasta hace poco pensábamos que afectaban tan sólo
a otros territorios y a otras gentes.
Esa es la verdadera emergencia
y los partidos de izquierda que tienen la opción de gobernar están convocados a
resolverla. En sus manos está.
Publicat al Levante de Castelló el 30 de Maig de 2015
Publicat al Levante de Castelló el 30 de Maig de 2015


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