sábado, 14 de febrero de 2015

Destitución preventiva



Se acabaron los abrazos...


Ni siquiera se respeta ya lo de San Valentín. También en política cuando se rompe el amor se acaba la relación más allá de las fechas y los calendarios. Le ha pasado esta semana al destituido secretario general de los socialistas madrileños, Tomás Gómez. En una decisión sin precedentes el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, le ha descabalgado en un ataque agudo de ordeno-y-mando que le ha hecho ir incluso más lejos de lo que habíamos visto en el PP. Porque ya sabíamos que la derecha nombra a sus candidatos a dedo, pero ahora descubrimos que en el PSOE los cesan también de la misma manera.
Nos han dicho que la decapitación –política- de Gómez viene motivada por la incertidumbre del ¿qué pasará?. Pedro Sánchez anda muy preocupado porque el partido en Madrid sigue cotizando a la baja en las encuestas, sin aparentes signos de recuperación, y corre el riesgo de pasar a ser la tercera fuerza política tras PP y Podemos. Vamos, nada nuevo: Sucede también a nivel estatal sin que Sánchez se plantee predicar con el ejemplo. Hay otro temor: que acaben imputando al candidato Gómez por los sobrecostes en la construcción del tranvía de Parla cuando fue alcalde de esa localidad, una posibilidad que a estas alturas la justicia no contempla. Se trata pues de una nueva figura: la destitución preventiva. La cúpula del PSOE quiere evitar el anunciado fracaso en las urnas y un hipotético paseíllo en los tribunales. También eso es una novedad ó, en su caso, una consecuencia de los nuevos tiempos políticos en los que se pasa de un extremo a otro: de albergar y tapar la corrupción de los propios a cargarse, no ya la presunción de inocencia cuando se está acusado, sino la dignidad y el rédito de quien no está sometido siquiera a investigación judicial.
La última ocurrencia de Pedro Sánchez pone además en evidencia la labor pedagógica que su partido pretendía inculcar en la sociedad española al loar las bondades democráticas que emanan del sano ejercicio de las primarias. Un proceso que, a poco que se lo proponen sus dirigentes, el PSOE es muy capaz de deslegitimar con la misma rapidez con que lo encumbró: De nada sirven elecciones primarias abiertas a la sociedad si finalmente prevalecen las consecuencias secundarias que dejan las intrigas internas y de las que sólo participan las cúpulas del partido. Le pasó al propio Sánchez nada más ganar su pulso en las primarias y le ha pasado a un Tomás Gómez que impidió la celebración de primarias en la federación socialista madrileña al imponer un número de avales tan elevado a los que sólo él podía acceder dado su control absoluto sobre la FSM. Nadie duda que la designación de un candidato independiente del prestigio de Ángel Gabilondo mejorará las expectativas electorales de los socialistas frente a la opción de Tomás Gómez. La suya era una apuesta claramente perdedora. Pero en política las formas importan y mucho. Más aún en partidos que enarbolan la bandera de la participación y la democracia interna frente a los que mantienen los modos y usos a la búlgara. De ahí el cabreo poco disimulado de Susana Díaz en Sevilla, ó de Ximo Puig en Valencia, ante la posibilidad de que los daños colaterales afecten negativamente en sus resultados autonómicos por el daño a la imagen de la marca PSOE.
Un partido que va a la deriva en Madrid desde que en 2003 el Tamayazo apartó a Simancas y encumbró a Esperanza Aguirre. Pero la fórmula para recuperar el gobierno de Madrid no pasa por cambiar las cerraduras y evitar que entren los militantes destituidos. (Ni siquiera Dolores de Cospedal le hizo eso a Bárcenas cuando dejó su despacho en Génova tras despedirlo en forma de simulación en diferido). Al contrario. Hay que abrir el partido a propios y ajenos, a nuevas formas y políticas que propicien reinstaurar la confianza perdida y ganar de nuevo el apoyo de los ciudadanos. Tan sencillo y tan complejo como eso. 

Rambla y Costa, ambos imputados
Claro que hay otra forma mucho más directa y rápida de ganar elecciones: Hacer trampas. Y de eso sabemos mucho en la Comunidad Valenciana. El tamayazo, la compra de un rival político, es una fórmula que en 1991 ya aplicó con éxito Eduardo Zaplana para ser alcalde de Benidorm gracias al voto de la tránsfuga socialista Maruja Sánchez. El ‘modo Gürtel’, la financiación ilegal de un partido y sus campañas, no tiene la denominación de origen fet a València pero ha sido aquí donde El Bigotes y su banda pudieron emplearse a fondo. Tanto y tan estrechamente ‘colaboraron’ con los populares valencianos que la fiscalía anticorrupción pide una pena de siete años y nueve meses de cárcel para Ricardo Costa y Vicente Rambla por financiar ilegalmente las campañas electorales de 2007y 2008 cuando Costa era secretario general del PP y Rambla vicepresidente del Consell. Ninguno de los dos está ya en las Cortes Valencianas y escuchando a la consellera Català parece que nunca compartieron escaño en la misma bancada que Alberto Fabra. Pero vaya si eran amiguitos… del alma. Un Fabra que sigue sin saber si será candidato tras no resultar nominado en la nueva entrega de presidenciables que ayer desveló Mariano Rajoy. Ya ven, hay ceses preventivos en un lado y silencios preventivos en el otro.

Publicat al Levante de Castelló el 14 de febrer de 2015

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