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| Se acabaron los abrazos... |
Ni siquiera se respeta ya
lo de San Valentín. También en política cuando se rompe el amor se acaba la
relación más allá de las fechas y los calendarios. Le ha pasado esta semana al
destituido secretario general de los socialistas madrileños, Tomás Gómez.
En una decisión sin precedentes el secretario general del PSOE, Pedro
Sánchez, le ha descabalgado en un ataque agudo de ordeno-y-mando que le ha hecho ir incluso más lejos de lo que habíamos
visto en el PP. Porque ya sabíamos que la derecha nombra a sus candidatos a
dedo, pero ahora descubrimos que en el PSOE los cesan también de la misma
manera.
Nos han dicho que la decapitación
–política- de Gómez viene motivada por la incertidumbre del ¿qué pasará?. Pedro Sánchez anda muy
preocupado porque el partido en Madrid sigue cotizando a la baja en las encuestas,
sin aparentes signos de recuperación, y corre el riesgo de pasar a ser la
tercera fuerza política tras PP y Podemos. Vamos, nada nuevo: Sucede también a
nivel estatal sin que Sánchez se plantee predicar con el ejemplo. Hay otro
temor: que acaben imputando al candidato Gómez por los sobrecostes en la construcción
del tranvía de Parla cuando fue alcalde de esa localidad, una posibilidad que a
estas alturas la justicia no contempla. Se trata pues de una nueva figura: la destitución
preventiva. La cúpula del PSOE quiere evitar el anunciado fracaso en las urnas
y un hipotético paseíllo en los tribunales. También eso es una novedad ó, en su
caso, una consecuencia de los nuevos tiempos políticos en los que se pasa de un
extremo a otro: de albergar y tapar la corrupción de los propios a cargarse, no
ya la presunción de inocencia cuando se está acusado, sino la dignidad y el
rédito de quien no está sometido siquiera a investigación judicial.
La última ocurrencia de
Pedro Sánchez pone además en evidencia la labor pedagógica que su partido
pretendía inculcar en la sociedad española al loar las bondades democráticas
que emanan del sano ejercicio de las primarias. Un proceso que, a poco que se
lo proponen sus dirigentes, el PSOE es muy capaz de deslegitimar con la misma rapidez
con que lo encumbró: De nada sirven elecciones primarias abiertas a la sociedad
si finalmente prevalecen las consecuencias secundarias que dejan las intrigas
internas y de las que sólo participan las cúpulas del partido. Le pasó al
propio Sánchez nada más ganar su pulso en las primarias y le ha pasado a un Tomás
Gómez que impidió la celebración de primarias en la federación socialista
madrileña al imponer un número de avales tan elevado a los que sólo él podía
acceder dado su control absoluto sobre la FSM. Nadie duda que la designación de
un candidato independiente del prestigio de Ángel Gabilondo mejorará las
expectativas electorales de los socialistas frente a la opción de Tomás Gómez.
La suya era una apuesta claramente perdedora. Pero en política las formas
importan y mucho. Más aún en partidos que enarbolan la bandera de la
participación y la democracia interna frente a los que mantienen los modos y
usos a la búlgara. De ahí el cabreo
poco disimulado de Susana Díaz en Sevilla, ó de Ximo Puig en
Valencia, ante la posibilidad de que los daños colaterales afecten
negativamente en sus resultados autonómicos por el daño a la imagen de la marca
PSOE.
Un partido que va a la
deriva en Madrid desde que en 2003 el Tamayazo
apartó a Simancas y encumbró a Esperanza Aguirre. Pero la fórmula
para recuperar el gobierno de Madrid no pasa por cambiar las cerraduras y evitar
que entren los militantes destituidos. (Ni siquiera Dolores de Cospedal le
hizo eso a Bárcenas cuando dejó su despacho en Génova tras despedirlo en
forma de simulación en diferido). Al contrario. Hay que abrir el partido a
propios y ajenos, a nuevas formas y políticas que propicien reinstaurar la
confianza perdida y ganar de nuevo el apoyo de los ciudadanos. Tan sencillo y
tan complejo como eso.
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| Rambla y Costa, ambos imputados |
Claro que hay otra forma
mucho más directa y rápida de ganar elecciones: Hacer trampas. Y de eso sabemos
mucho en la Comunidad Valenciana. El tamayazo,
la compra de un rival político, es una fórmula que en 1991 ya aplicó con éxito Eduardo
Zaplana para ser alcalde de Benidorm gracias al voto de la tránsfuga socialista Maruja Sánchez. El ‘modo Gürtel’, la financiación ilegal de un
partido y sus campañas, no tiene la denominación de origen fet a València pero ha sido aquí donde El Bigotes y su banda
pudieron emplearse a fondo. Tanto y tan estrechamente ‘colaboraron’ con los
populares valencianos que la fiscalía anticorrupción pide una pena de siete años y nueve meses de cárcel para Ricardo Costa y Vicente Rambla por
financiar ilegalmente las campañas electorales de 2007y 2008 cuando Costa era secretario
general del PP y Rambla vicepresidente del Consell. Ninguno de los dos está ya
en las Cortes Valencianas y escuchando a la consellera Català parece que
nunca compartieron escaño en la misma bancada que Alberto Fabra. Pero
vaya si eran amiguitos… del alma. Un Fabra que sigue sin saber si será candidato
tras no resultar nominado en la nueva entrega de presidenciables que ayer
desveló Mariano Rajoy. Ya ven, hay ceses preventivos en un lado y silencios preventivos en el otro.
Publicat al Levante de Castelló el 14 de febrer de 2015


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