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| Ximo Puig y la cúpula empresarial valenciana en la sede del PSPV |
Cuesta poco imaginar que la
foto no ha gustado mucho, nada, en la calle Génova y que supondrá un nuevo revés
para la imagen de Alberto Fabra ante sus superiores. Me refiero a la del
morellano Ximo Puig rodeado por la cúpula de la patronal valenciana
frente a un enorme cartel rojo con el símbolo del puño y la rosa en la sede de
Blanqueríes. Una foto impensable hace sólo unos meses, de hecho cuesta recordar
la última vez que se les vio allí. Por nada, simplemente porque no es su hábitat
natural. Una cosa es coincidir en actos institucionales o terrazas madaleneras y
otra muy distinta llamar a la puerta de un partido de la oposición queriendo
ser recibidos y, sobre todo, pidiendo ser escuchados.
No es que los patronos
valencianos se hayan hecho de izquierdas, que no. Ni siquiera abrazan las
bondades de la socialdemocracia, que tampoco. Siguen aplaudiendo a rabiar la
reforma laboral, el rescate a la banca, y las políticas sociales y económicas
del PP que tanto dolor han llevado a miles de familias en este país. En eso
están, y en eso seguirán, por mucho que ahora se atrevan a afearle en público
al ministro Montoro que sólo se deja ver por aquí cuando viene a pedirles
el voto… por cierto, ese que siempre acaban otorgándole. Pasa, sencillamente,
que están hartos del maltrato que el gobierno central dispensa a la Comunidad
Valenciana y que les afecta negativamente en sus cuentas de resultados. Por ahí
les duele.
Bueno, pasa eso y pasa
también que a lo mejor se están oliendo que, esta vez sí, es posible que el
cambio político llegue al gobierno de la Generalitat tras décadas de poder
absoluto del PP. Y sucede además que pese a sus diferencias ideológicas Puig se
lleva muy bien con ellos, como con casi todo el mundo. Esta vez no ha sido una
excepción y el líder del PSPV no sólo les escuchó: al día siguiente presentó en
el Congreso una proposición no de ley reclamando mayor gasto en infraestructuras
para la Comunidad tal y cómo exigen los empresarios valencianos.
Ese mismo día, con la
publicación de las esperadas balanzas fiscales donde se demuestra el agravio
hacia nuestra comunidad por parte del Estado, la petición de Puig y de los
empresarios adquirió rigurosa actualidad. Se hizo visible la legitimidad de esa
exigencia y la imperiosa necesidad de revisar al alza la financiación estatal que
nos corresponde a los valencianos. Una realidad que concita unanimidades y a la
que se suman el resto de partidos de la oposición, las nuevas fuerzas políticas
emergentes, las organizaciones sindicales, las universidades, etc. Todos,
incluso el PPCV con el president Fabra
al frente. Eso sí, con un matiz importante: La plantean aquí pero sus diputados
en Madrid no hacen nada para forzar al gobierno a que ponga fin a esa
discriminación donde votan una y otra vez en contra de los intereses generales de
quienes les eligieron para no perjudicar los particulares del gobierno de Rajoy.
Para ellos la culpa es, cómo no, de… Zapatero.
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| Carlos Fabra en la Audiencia de Castelló |
De nuevo el mantra que
mejor gastan y más les gusta. Pasó con las cuentas falsas que Francisco
Camps presentó en Bruselas para esconder el déficit, o con el trasvase del
Ebro tantas veces prometido y tantas veces olvidado. Y pasa también con la
condena a cuatro años de cárcel que el Supremo ha ratificado para el ex
presidente de la Diputación de Castelló por defraudar tres millones de euros a
la hacienda pública. Para los incondicionales del ‘otro’ Fabra todo se debe a la inhumana
persecución a la que fue sometido por la Agencia Tributaria bajo el gobierno socialista
de Zapatero. Lo dicen aunque saben la verdad: que todo fue mucho más humano, que empezó por la denuncia de un
ex socio, Vicente Vilar, en lo que fue el dramático final a una larga y
fructífera amistad. Dan a entender que con José Mª Aznar o Rajoy
en la Moncloa Carlos Fabra seguiría siendo el ciudadano ejemplar al que alababa –en pasado- el actual presidente
del gobierno de España. Al parecer hoy ya no lo es tanto y será por eso que ya
no le alaban tanto.
El final, político, del
otrora todopoderoso Don Carlos ha estado a la altura y a la polémica del
personaje, que fue mucha. El suyo no podía ser un guión al uso y no lo será: Admirado y
odiado con idéntica pasión, agraciado por la lotería y condenado por la
justicia, idolatrado ayer y olvidado hoy por aquellos que guardaban cola en la
puerta de su despacho en sus años de gran conseguidor,
ignorado por los compañeros de partido a los que acunó y luego designó a dedo como sus sucesores,
y por los empresarios que ayer loaban sus iniciativas y que hoy se fotografían
con Ximo Puig su primer gran adversario político al que nunca pudo arrebatarle
la alcaldía de Morella, aunque sí el castillo.
Es el final de una forma
de hacer política, el fabrismo, que no
se reinventa: hiberna hasta que llegue un próximo Pantorrilles que irrumpa con fuerza en la política provincial. Qué
llegará, es sólo cuestión de tiempo. Al menos, eso nos recuerda la galería de
retratos que cuelga en los pasillos del palacio de la plaza de las Aulas.


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