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| Ximo Puig y Toni Gaspar en la presentación de los avales |
Los socialistas
valencianos están de campaña. No en la que ellos querrían y cuya convocatoria
no controlan, las autonómicas; pero si en la que ellos han querido, las
primarias. Mientras Alberto Fabra agota su patético discurrir por lo que
queda de legislatura buscando al ‘topo’ del Palau y protegido por la policía
allá donde va, la oposición de izquierdas anda más ocupada en intentar poner en
orden sus filas de cara a la que se avecina. Como están casi siempre, cierto, aunque
esta vez con una diferencia significativa: Se ven con posibilidades de ganar
las elecciones y de acabar con veinte años de gobierno del PP; y lo que es más importante, también lo
percibe así el electorado. Esa va a ser la principal característica del proceso
electoral que nos aguarda dentro de año y medio, sino antes. Lo ven incluso en
el PP donde empiezan a descontar una posible derrota en el que ha sido uno de
sus graneros de votos más fértil, el mismo que lo fue antes para el PSOE los
años de las mayorías absolutas de Felipe González y de Joan
Lerma.
Quien más se juega en el
posible cambio de ciclo es el PSPV que aspira al máximo: recuperar el gobierno
de la Generalitat que Lerma perdió ante el PP de Eduardo Zaplana y el
bipartito del ‘pacto del pollo’ con la UV de Vicente González Lizondo.
Se juegan tanto que han decidido presentarse ante la sociedad con nuevas formas
y, si ésta lo quiere, hasta con nuevas caras. Ximo Puig, el primer líder
de Blanquerías capaz de conformar una mayoría estable en una organización de difícil
convivencia entre familias desde hace años, se ha mostrado un político de
palabra y ha cumplido la que dio al anunciar que habrían primarias y que serían
abiertas a la sociedad. Ya están convocadas para el 9 de marzo. Toni Gaspar,
alcalde de Faura, y figura emergente del PSPV-PSOE sin ataduras a ningún pasado,
acepta el órdago y le echará un pulso que será bueno para el partido en la
medida en que genere debate y no navajazos.
Los militantes podrán
decidir y con ellos los ciudadanos que así lo quieran. Estamos ante la
expresión de democracia participativa más directa que ha protagonizado alguno de los grandes
partidos españoles desde la transición: por primera vez se cede parte de la soberanía
que asiste a los militantes para elegir a sus candidatos y se comparte esa decisión
con quienes no comparten el pago de las cuotas. No es sólo un acto de
generosidad cara al exterior: En cada cita electoral los partidos salen a la
calle a pedirle el voto al conjunto de los ciudadanos y no sólo a sus
militantes. Si se apela al compromiso del individuo ajeno al clan parece lógico
que éste sea partícipe también del proceso de elección del candidato que le
pasa a la firma un ‘contrato’ de representación basado en la confianza mutua. Entendidas
así, las primarias no deberían ser sólo una opción al albur de la conveniencia
de los partidos sino una obligación contemplada en sus estatutos o en la ley
electoral. Vamos, de interés general.
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| Borrell y Almunia midieron sus fuerzas en 1998 y ganó el candidato no 'oficialista'. |
Un proceso no exento de
riesgos para los aparatos de los partidos: Cuando se salta al terreno de juego
de las urnas siempre se puede perder. No es lo habitual, pero el alcorcornazo, (la histórica eliminación
del Real Madrid de la Copa a manos del modesto Alcorcón), también se da en política
y en el recuerdo de los socialistas españoles está la victoria en 1998 por
goleada de Josep Borrell ante el secretario general Joaquín
Almunia. Otro riesgo a tener muy en cuenta es el de la participación. En
Ferraz dirían aquello tan castizo de que les salió ‘el tiro por la culata’, aquí hablarían de ‘fer figa’. Una baja respuesta de los propios sería preocupante,
pero la indiferencia o el rechazo de los ajenos sería peor para un partido que sufre
una constante fuga de apoyos y que tiene en el alejamiento con su base electoral
el primer reto a superar.
El último riesgo es el de desvirtuar el proceso por un desigual trato del aparato a los candidatos en
función de su peso en la organización, todos deben tener las mismas
posibilidades. Una máxima que hay que cumplir con más pulcritud cuando, como es
el caso, el secretario general está en la pugna. Me consta que Ximo Puig lo
tiene muy claro, pero deberá vigilar que nadie lo olvide en la sede de la calle
Blanquerías: los hay que pueden pasarse de serviciales o serviles, y más ahora
que se huele poder.
Riesgos y virtudes de un
proceso que gana pedigrí democrático si se pone en contraposición a la fórmula
que siguen en el PP para estos menesteres. La comparación no pasa la prueba del
algodón: entre la designación a dedo y el voto universal no hay color… ó así me
lo parece a mí.
¿Las listas abiertas? Sería
el paso siguiente, sí. Pero me da que habrá que esperar, y mucho.


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