domingo, 29 de marzo de 2015

La soledad de Fabra



Ya votó Andalucía y en lo esencial no pasó gran cosa. O sí, según como se mire: Pasó que ganó Susana Díaz y que el PSOE pese a sacar los peores resultados desde 1994 mantiene sus 47 diputados, en eso todo sigue igual. Y pasó también que el PP se deja 17 de los escaños que logró hace cuatro años cuando cosechó su mejor resultado, lo que representa una derrota en toda regla. No le fue mejor a IU, el ex socio de gobierno, que pasa de 12 a 5 diputados. Más allá de estrategias de campaña que se han demostrado equivocadas, sobre todo en el caso del PP, ambas formaciones han pagado muy caro la irrupción de los dos nuevos partidos: Podemos con 15 escaños y Ciutadans con 9 han demostrado en las urnas, y no en los platós de televisión, que han venido para quedarse… y de paso a certificar la defunción de UPyD cómo imposible alternativa a nada y de Rosa Díez cómo imposible recambio de nadie. Tras el éxito en una cita que dicen no era la ‘suya’ nadie se atreve a pronosticar qué pasará cuando los focos iluminen los carteles con los nombres de los primeros espadas. No es aventurado vaticinar que una buena parte del numeroso electorado desmotivado y desencantado con los partidos tradicionales anda loca por reencontrarse con las urnas y poder votar a sus nuevos mesías, a Pablo Iglesias y Albert Rivera. Y lo van a hacer con sumo gusto y en cantidad.
Un hecho que marcará muchos de los gobiernos que deberán conformarse tras los resultados de las próximas elecciones locales y autonómicas. En Andalucía ya se evidencia esa realidad y puede que la nueva ‘lideresa del Sur’ no lo tenga tan fácil para ser investida cómo ella misma vaticinó en la noche electoral tras descender ufana por aquella rampa del pabellón Fibes de la capital sevillana. Le sería más sencillo si el PP cumpliera hoy con lo que pidió ayer y que incluso amenazó con llevar al BOE, eso de dejar gobernar siempre a la lista más votada. Ahora matizan y dicen que lo quieren todo firmado y de mutuo cumplimiento en unas elecciones locales donde se juega buena parte de las capitales andaluzas en las que gobierna, las mismas que el PSOE aspira a recuperar aunque sabe que sólo podrá hacerlo con alianzas con los partidos de izquierda.
No será fácil. Pablo Iglesias y Albert Rivera quieren llegar a las elecciones generales, las suyas, lo menos ‘contaminados’ posible. Ellos y sus marcas, por lo que no facilitarán gobiernos ni firmarán pactos con esos partidos a los que han descalificado hasta faltar y de los que han sustraído buena parte de sus votos. Ya les va bien, aunque se enfrentan a una realidad que puede volverse en su contra: Una vez han ocupado sus casillas en el tablero de la política real van a tener que jugar cuando les toque su turno. Y mojarse, porque también en política quien quiere peces ha de mojarse el culo. No hay otra. Podemos y Ciudadanos, Iglesias y Rivera, pueden tener la llave de la gobernabilidad en muchos ayuntamientos y comunidades autónomas y las van a tener que usar. De no hacerlo el mismo electorado que hoy les aclama puede acabar pasándoles factura. Porque no siempre la inacción es sinónimo de prudencia, en ocasiones es un síntoma de cobardía y de una inexplicable negligencia. Por ejemplo si con ella se permite la continuidad de determinadas políticas antisociales.  
Podría ser el caso de la Comunidad Valenciana donde todas los pronósticos apuntan al final del monocultivo popular en los gobiernos de las principales instituciones. Ninguna encuesta, ni siquiera las realizadas a petición de parte, contempla a día de hoy la posibilidad de que Alberto Fabra pueda obtener la mayoría suficiente para revalidar en las urnas el gobierno que heredó en uno de los reformados despachos de Génova 13. Su sucesor en la alcaldía de Castelló, Alfonso Bataller, está en idéntica situación. En el mejor de los escenarios ambos tendrán que pactar con Ciudadanos, una fuerza que crece en intención de voto en la medida en que resta apoyos al PP y que no está dispuesta a reeditar aquel ‘pacto del pollo’ que sirvió para encumbrar a los populares y para desplumar a la extinta Unión Valenciana. Su candidata a la Generalitat, Carolina Punset, ha sido muy explícita al señalar que llegan para ser alternativa y no “para apoyar un régimen de corrupción”.

Camps y Fernando de Rosa
La soledad a la que se enfrentan Fabra y el PP valenciano es total. Nadie, ni siquiera los recién llegados que no han pisado aún la calidez de la moqueta, quiere un socio con semejantes antecedentes de corrupción, despilfarro, y sumisión al gobierno de Madrid. El balance de la legislatura en la que hubo que cambiar al president de la Generalitat y al de les Corts por sus manejos con la trama Gürtel es devastador: Quieren vender recuperación económica y paz social donde han dejado cabreo y empobrecimiento. Se vanaglorian de ser la quinta esencia en la defensa del valencianismo quienes han desempolvado los más rancios sentimientos de un blaverismo ignorante y de un populismo de bous i paranys. Hablan de regeneración y de lucha contra la corrupción los que acaban la legislatura con 24 de los 55 diputados que la iniciaron ya en sus casas, la mayoría por haber sido imputados, y con un diputado en activo, Felipe del Baño, imputado por prevaricación pese a la línea roja de Fabra. Y en la despedida colocan a uno de los ‘suyos’, Fernando de Rosa, ex conseller de Justicia y amigo íntimo de Francisco Camps, al frente de laAudiencia Provincial que los ha de juzgar.

No es un cachondeo como dijo aquel, es una vergüenza.

Publicat al Levante de Castelló el  28 de Març de 2015

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