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| La decisión del singular, la reclamación del plural |
“Una nueva generación reclama con justa causa el papel protagonista”.
Cerradas las comillas añado: Fin de la cita, porque el razonamiento no es de cosecha
propia. Pertenece al discurso del rey Juan Carlos I al anunciar que se
baja del trono y que renuncia al peso de la corona para dejarla en manos de su
hijo. Una reflexión aplaudida por los (muchos) defensores de la continuidad del
actual modelo en la jefatura del Estado y que no cesan de ponderar el ejemplo
de generosidad y la lucidez de quien –dicen- ha sabido ver el momento de dejar paso
a una nueva generación. Bueno, no a toda, sólo a su hijo. Y es ahí donde está
la trampa: En el mal uso del singular como sinónimo del plural, en la
asignación al príncipe Felipe del papel de representante único de esa generación
a la que se quiere dar protagonismo.
Para haber tomado la
decisión hace cinco meses el entorno del rey podría haber preparado mejor los
detalles que acompañaron al real anuncio, tanto por el continente como en el
contenido. Ni el mensaje del 23-F, gravado en condiciones técnicas y
‘ambientales’ mucho más difíciles, salió tan mal. En la puesta en escena de un
acontecimiento de tanta trascendencia histórica como la abdicación de un rey no
sólo se equivocaron los iluminadores, que también: Los asesores que redactaron el
real discurso debieron valorar la conveniencia de apelar a la justa causa de las
nuevas generaciones al querer jugar un papel protagonista en el futuro de
España, en su propio futuro.
Si se reconoce esa
realidad hay que obrar en consecuencia: No es posible defender tan sólo para el
singular, el heredero, el derecho que se niega al conjunto. Porque TODOS ellos quieren
ser protagonistas. La generación que no votó la Constitución de 1978 reclama hoy
el protagonismo que entonces correspondió
a otros españoles. Quieren ser partícipes de su propia transición y que no se
retrase por más tiempo: Lo hicieron antes sus padres y en eso están ahora estos.
Aquellos lo hicieron en
unas circunstancias excepcionales que obligaron a unos pactos que por mucho que
se han demostrado eficaces no pueden ser eternos... precisamente por eso, para que
no dejen de ser útiles al fin último que persiguen: la convivencia en común. Juzgar
hoy con excesiva ligereza, y sin perspectiva histórica, las renuncias a que se
vieron obligados quienes lograron aquellos consensos es tan injusto como no
reconocer que aquel periodo forma parte ya de esa misma historia. Que es
pasado.
Es el caso del modelo
sobre la jefatura del estado que éstos días se discute abiertamente en este
país tras la abdicación del Rey. Los actores de aquella transición desde la
izquierda que perdió la guerra civil y sufrió el exilio y/o la clandestinidad,
con Santiago Carrillo al frente del PCE, lo tuvieron muy claro: Entre
monarquía parlamentaria o dictadura no había color… aunque tocara renunciar a
la tricolor que habían defendido con
las armas frente al golpe militar contra el gobierno legítimo de la República. Un
consenso que se plasmó en forma de texto constitucional y en el que el PSOE jugó
un papel trascendental, un partido que durante todos estos años ha respetado
ese pacto. Pese a que el 11 de mayo de 1978 se quedó sólo en la Comisión
Constitucional defendiendo la República y pese a que en 1982, sólo cuatro años
después de aprobarse la Constitución, pudo haber hecho saltar por los aires el
consenso en la legislatura de los 202 diputados de Felipe González.
Han cumplido pues de
sobras con aquel compromiso porque en ningún sitio quedó escrito que fuera un pacto
sine die, sin fecha de caducidad. Del
mismo modo que se apela a las ‘especiales circunstancias’ que forzaron su
aprobación en los términos en que se hizo, para garantizar el tránsito del
franquismo a la democracia, las actuales circunstancias obligan a su revisión y
a una nueva reformulación de las reglas del juego. No son las mismas
circunstancias, afortunadamente; pero son éstas circunstancias, las de hoy, las
que necesitan una respuesta. Aquellas ya quedaron superadas. Son nuevos retos:
el debate ya ineludible sobre el modelo en la jefatura del estado, el encaje de
Cataluña, las nuevas vías de participación ciudadana, la lucha contra la
corrupción y la regeneración de los partidos e instituciones, la transparencia cómo
norma inexcusable de uso democrático y no como un comportamiento deseable, etc.
La Constitución de 1978 que
nos permitió llegar hasta aquí, recorriendo juntos el periodo de mayor
estabilidad democrática de la convulsa historia de España, no puede acabar
siendo un motivo para avivar diferencias sólo por el miedo a adecuarla a los
nuevos tiempos. Esos tiempos que están escribiendo las nuevas generaciones a
las que el propio Rey les reconoce la justa causa de reclamar un papel
protagonista.
Habrá que dárselo pues, a
todos.

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