| Última víctima del machismo en Benicàssim (foto: EL MUNDO) |
Esta duele más, aunque la rabia sea la misma. Es lo que tiene la cercanía. Porque esta vez la lotería de la sinrazón del terrorismo machista nos ha tocado de cerca, aquí en Benicàssim. Kristina ha muerto aquí, entre nosotros, degollada a manos de quien le prometió amor eterno, “hasta que la muerte nos separe”. Y la mató porque (creía) que era suya, pero sobre todo porque no quería que fuera de nadie más.
Resulta
evidente, resulta repugnante, comprobar como en España tenemos un grave
problema al respecto y no somos capaces de invertir una realidad que nos marca
y nos avergüenza como sociedad. No podemos ser los campeones del mundo de la
solidaridad a la hora de, por ejemplo, donar órganos y, al tiempo, ser uno de
los países occidentales donde más mujeres mueren en el ámbito doméstico. Algo
no estamos haciendo bien y todo apunta a un problema de educación. De valores.
Las
estadísticas que señalan que una gran parte de las adolescentes de este país no
perciben que están siendo controladas por sus parejas denotan que, lejos de amainar
el problema es cada vez más grave. Según los datos del último estudio elaborado por el
Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) por encargo del Ministerio de
Sanidad para conocer cómo perciben la violencia de género los adolescentes y jóvenes, el 33% de los jóvenes españoles de entre 15 y 29 años, es decir, uno
de cada tres, considera “inevitable o
aceptable en algunas circunstancias controlar los horarios de sus parejas,
impedir que vean a sus familias o amistades, no permitirles que trabajen o estudien
o decirles lo que pueden o no pueden hacer”. Son
nuestros hijos los que así piensan, parte de esa generación que definimos con
orgullo como la mejor preparada de la historia de este país…
La
situación se complica cuando otro estudio comparativo basado en la edad
confirma además que los jóvenes son menos críticos que los mayores con este tipo de
actitudes machistas dentro de las parejas: el 32% de las chicas adolescentes
las toleran frente al 29% de la población femenina general; mientras, el 34% de
los chicos jóvenes las consideran aceptables, cuatro puntos más que el conjunto
de hombres de todas las edades. Es decir que los jóvenes
españoles son más permisivos con este tipo de conductas que sus padres. Vamos
hacia atrás. Una alarmante señal que hace pensar que el drama aún puede
continuar en las próximas décadas: Del excesivo control sobre la pareja al
maltrato hay tan sólo una pequeña línea roja que casi nunca tiene retorno.
Otra
expresión del problema la encontramos en el trato que se dispensa a las mujeres
en algunas celebraciones festivas. El ejemplo de lo acontecido en las fiestas
de San Fermín es ilustrativo al respecto: Que a estas alturas se tengan que
hacer campañas para recordarle a nuestros jóvenes que “no es no” resulta
estremecedor. ¿Cómo hemos llegado a esta situación?
Hay
actitudes que tampoco ayudan en demasía, entre ellas la publicidad que usa el
cuerpo de la mujer como objeto de deseo. Y otras que conviven con aspectos de
una sociedad retrógrada que creíamos superada: algunos pastores de la Iglesia
predican entre su rebaño un peligroso mensaje de aceptación de la sumisión y
del sufrimiento en silencio que se parece mucho a una justificación de
actitudes injustificables. Por ejemplo, el Obispo de Córdoba, Demetrio Fernández, quien llegó a afirmar en una de sus cartas
semanales que “Cuanto más varón sea el
varón, mejor para todos en la casa. El aporta particularmente la cobertura, la
protección y la seguridad. El varón es signo de fortaleza, representa la autoridad
que ayuda a crecer. La mujer tiene una aportación específica, da calor al
hogar, acogida, ternura. El genio femenino enriquece grandemente la familia.
Cuanto más mujer y más femenina sea la mujer, mejor para todos en la casa”.
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No
sólo ellos. Estos días ha sido noticia la polémica sentencia de una jueza con competencia en
materia de violencia de género que archivó la querella que la presidenta de la
diputación provincial de Pontevedra presentó por injurias contra un concejal
que le llamó "mala zorra"
por haber suspendido unas subvenciones para una prueba deportiva. En su
resolución la jueza argumentó que no hay delito ni motivo para sanción porque,
según asegura, que expresiones como "mala zorra",
"sinvergüenza", "menuda furcia" e "hija de puta"
no son “expresiones gravemente ofensivas y están dentro del derecho a la
libertad de expresión”. Otra magistrada, en Vitoria, preguntó a una mujer que
había denunciado a su ex pareja por violación si la víctima había “cerrado
cerró bien las piernas.”. Pues eso, que
podría haber cerrado ella la boca…
Todo
ese conjunto de actitudes, y otros ejemplos que seguramente podemos encontrar
en nuestro entorno más cercano, no matan… pero siembran un ecosistema que puede
dar pie a actuaciones mucho más graves. Y eso está pasando aquí, entre
nosotros.
Publicat al Levante de Castelló, 23 de juliol de 2016
Publicat al Levante de Castelló, 23 de juliol de 2016


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