Salvando las distancias,
que son muchas, el hospital público del barrio de Bonamoussadi en Douala, la
ciudad más poblada de Camerún, tiene un aire que recuerda al hospital
provincial de Castelló: Grandes jardines, espacios abiertos rodeados por una
valla, y un constante ir y venir de gente. Eso sí, allí no hay estatuas. Por
supuesto no de Ripollés, ni tampoco de ningún artista local que haga las
veces de nuestro Beato Ripo. También hay otra diferencia: en el patio principal
del hospital público de Bonamoussadi, y en otras zonas del recinto, un cartel invita
a los usuarios a denunciar cualquier tipo de corrupción a la que se vean
sometidos por parte de los trabajadores públicos que están allí para servirles
y no para servirse de ellos. Hasta cuatro líneas telefónicas se han habilitado
para atender posibles denuncias.
Con el fonendoscopio colgado
al cuello y ataviada con un boubou de
color naranja y pañuelo a juego, la doctora Lydia Celestine, jefe de
pediatría del hospital, nos comentó que obtuvo del gobierno de su país una beca
para formarse en España una vez acabada la carrera de medicina con uno de los
mejores expedientes de su promoción. Gracias a eso pudo explicar en un
castellano aún comprensible, pero que corre el riesgo de perder por falta de
práctica, que la lucha contra la corrupción es casi tan importante como la que
cada día les enfrenta a la malaria, el paludismo, el Sida pediátrico o la
polio. Pero la doctora es optimista: Asegura que están en el buen camino y que
en su centro han logrado –casi- erradicar lo que antes era una práctica
generalizada por parte de algunos funcionarios que exigían dinero por las medicinas,
las mosquiteras, o simplemente por ofrecer una mejor atención a los pacientes. Y
solventado ese asunto les es mucho más fácil dedicarse a salvar vidas… lo que
por otra parte es su verdadera vocación.
La doctora Celeste sabe
por experiencia propia que ese tipo de corruptelas no se dan en la sanidad española.
Pero se extraña cuando le cuentas que son otras las prácticas corruptas que
están a la orden del día en el país donde pasó unos meses. Y sobre todo se
sorprende al saber que aquí ni siquiera se cuelga el cartel para que la gente
reaccione y denuncie esas prácticas.
¿Se lo imaginan?: “Denoncez tout acte de corruption”. Y
así, -bueno, mejor traducido al castellano para que no aleguen incomprensión-
colgado en la puerta de la sede del PP en la calle Génova y en la fachada de la
UGT de Andalucía; ó en edición bilingüe, para que no aleguen discriminación, en
casa del muy ex honorable Jordi Pujol o en los pasillos de la
consellería donde tanto cooperó consigo mismo el condenado Rafael Blasco;
también se me ocurre en el palacio de San Telmo sede de la Junta de Andalucía o
en esa otra que presidió el presidiario Jaume Matas; lo imagino colgado
en la torre de la hoy cerrada y ayer saqueada RTVV o en la puerta del garaje de
la ex ministra Ana Mato donde le nacían Jaguars de cuatro ruedas sin que ella se enterase; no quedaría mal
tampoco en el palacio de la Zarzuela por si acaso el cuñado decide pasarse por
allí estas navidades y, por último, qué mejor sitio que en la bancada del grupo
popular de las Cortes Valencianas donde se recogían firmas para pedir el indulto
de los diputados condenados por corrupción. Etc, etc.
Hacen falta carteles como
los del hospital público de Bonamoussadi para animar a denunciar a los
corruptos y para que éstos se vean señalados. Por lo menos para visualizar que
el problema sigue aquí, entre nosotros, y no es exclusivo de esos países que
consideramos del tercer mundo. Es otro nivel y son otro tipo de ‘mordidas’, cierto,
pero son igualmente dolorosas. Y son igualmente inaceptables. Algunas
ejecutadas desde la más absoluta legalidad aunque carentes de la más mínima moralidad.
Por ejemplo la decisión de
apartar al juez Pablo Ruz de la instrucción de los sumarios contra Luis
Bárcenas y del Caso Gürtel que afecta a la cúpula directiva del PP por la
financiación del partido del gobierno durante los últimos años. Otro juez más
que debe dejar el caso, tal vez porque no ha querido pasar del caso. Eso no
pasa en países no democráticos en los que ni siquiera se instruyen causas de
corrupción contra sus clases dirigentes. Pero claro, nos habían dicho que esa
era la gran diferencia: que aquí todos somos iguales ante la ley… aunque no a
todos nos cambian el juez.
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| Dipita, "Esperanza", lema del festival Ngondo 2014 |
Ahora se entiende mejor
porque mantienen el cartel en el jardín del hospital de Bonamoussadi. Aunque
sólo sea por eso, por no perder la esperanza.

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